
Hace unos días iniciaron las clases en la facultad de humanidades. Sin embargo, no sentí la más mínima intención de asistir y la voluntad no me aconsejo para nada acudir a esta casa de estudio. Me cuestionaba la razón de este desinterés, busqué dentro de mi nostalgia pretextos amorosos o vergüenzas pasadas y no encontré nada, absolutamente no tenía ganas de ir. Empecé a crear una retahíla de motivos valederos, entre ellos estuvieron: las vacaciones alargadas, el empleo de última hora, los proyectos personales (ciclismo).No obstante, no se debe dejar de lado la buena amicalidad que se entablo el año pasado, los plumanegristas (amigos con un mismo patrón de conducta). Claro que la amistad es el lado tangencial de las cosas. Fue en ese momento que percibí la ausencia de vida que tenemos todos, nos referimos al tipo de vida que habló Ortega Gasset, la vida autobiográfica. Quizá, esto es un pequeño ensayo con ínfulas de crítica personal y colectiva, pero no por ello deja en sus líneas una verdad sutil, que todo estudiante al no tener otra cosa que hacer que solo asistir a la facultad su tiempo solamente lo usa en su salón de clases. Tal vez muchos objeten y digan que esa es la vida del educando, ello es una verdad relativa, como todas, mas no por ello el estudiante se debe convertir en un dependiente de su vida académica. Una razón es que otros estudiantes que tienen una vida con mas ocupaciones, ¿más completa? no ven a su casa de estudios como todo su mundo o al menos no pierde gran parte de su tiempo. Por otro lado, la casa de estudios al dejar de lado sus falencias (ausencia de profesores) hace que muchos de sus alumnos se vean sin propósitos y su objetividad va en descenso, una caída paulatina que termina en la monotonía y en la pérdida del año universitario.
